Por: Isabel Villagar, profesora de canto
La música siempre ha tenido esa fama de ser pura emoción, algo que se siente. Y sí, claro que se siente, por supuesto, es una finalidad grande, pero cuando te sientas a hablar del tema con calma, sale otra capa menos obvia y bastante curiosa.
De eso va el libro La música y los números. No es un tratado pesado ni un manual para matemáticos con oído fino. Es más bien una conversación tranquila sobre por qué muchas cosas que suenan bien también tienen que ver con contar, medir y ordenar.
No hace falta saber cálculo ni tocar el piano como un profesional. Basta con haber contado alguna vez “uno, dos, tres, cuatro” antes de entrar a tiempo o haberte preguntado por qué ciertas canciones funcionan aunque sean simples. Ahí empieza todo.
El ritmo también se cuenta, aunque no lo pensemos
Cualquiera que haya dado palmadas siguiendo una canción ya está usando números sin darse cuenta. El ritmo es eso. Contar. Dividir el tiempo en partes manejables. Cuando una batería marca un cuatro por cuatro no hay misterio, hay fracciones. Mitades, cuartos, silencios que duran lo justo para que el groove no se caiga.
El libro, perfectamente escrito por Eli Maor, autor de distintos libros sobre historia de las matemáticas y profesor de esta materia en Chicago, explica esto sin ponerse excesivamente académico. Te habla de cómo los compases no son una ocurrencia rara, sino una forma práctica de organizar el tiempo, como repartir una pizza entre amigos para que nadie se quede sin porción. Si cambias el reparto, cambia la sensación. Un tres por cuatro se siente distinto a un cuatro por cuatro, aunque la velocidad sea la misma. No es magia, es proporción.
Y pasa algo curioso. Cuando el patrón es claro, el cuerpo responde solo. Mueves el pie, la cabeza, lo que sea... Cuando el patrón se rompe, también lo notas. A veces te gusta, a veces te incomoda. Ahí es donde entran los músicos que juegan con eso, estirando o encogiendo el tiempo sin perder del todo al oyente.
Afinar no es arte puro, también es matemática práctica
Otro punto interesante del libro es la afinación. Ese momento poco glamuroso pero clave. Dos notas pueden sonar juntas y agradar o sonar mal y darte ganas de parar. No es cuestión de gustos únicamente. Tiene que ver con relaciones numéricas.
Cuando una cuerda vibra al doble de velocidad que otra, el oído lo percibe como algo estable. Lo mismo con otras relaciones simples. Por eso ciertos intervalos se sienten más “limpios”. No porque alguien lo haya decidido así, sino porque el oído humano tiende a aceptar mejor esas combinaciones.
Ahora, en la práctica moderna, no todo es tan perfecto. Los instrumentos se afinan con compromisos. El libro lo cuenta sin drama. Para poder tocar en todas las tonalidades, se aceptan pequeños desajustes (el temperamento igual, que en su momento fue rechazado). Nadie se rasga las vestiduras por eso. Es un acuerdo práctico, como ajustar una mesa coja con un papel doblado. No es ideal, pero funciona.
Patrones musicales simples, ideas claras
Hay una idea que atraviesa todo el libro y que se nota cuando escuchas música con atención: muchas melodías memorables no son complicadas. Usan patrones reconocibles. Suben, bajan, repiten. A veces cambian una nota y listo. No hace falta marear a nadie.
Esto no significa que la música compleja no tenga valor. Claro que lo tiene. Pero entender que lo simple también funciona ayuda a escuchar de otra manera. Te das cuenta de que una canción pegadiza no es tonta. Está bien armada. Tiene lógica interna.
El autor pone ejemplos cotidianos, sin ponerse elitista. Eso se agradece. No te habla desde un pedestal. Te habla como alguien que disfruta tanto de un buen ritmo (una buena ordenación de elementos en el tiempo) o un intervalo como de entender por qué ese intervalo está ahí.
De hecho son muy interesantes, si no sublimes, sus reflexiones sobre qué influencia qué según periodos o autores, si la música a la matemática o a la inversa (como dice "música matemática" o matemática musical). Alcanza cotas reflexivas impresionantes, como cuando, partiendo de Pitágoras, pasando por la armonía de las esferas, con esa ficticia música recogida en la página 43, para llegar a su última página, la 176, en la que se habla del santo grial de la física, la unificación de la teoría de mecánica cuántica y la relatividad).
Al final, lo bueno del libro es que no intenta convencerte de nada. No te dice que ahora debes escuchar música pensando en números. Solo te muestra que están ahí, quieras o no. Como el pulso cuando caminas o el ritmo al hablar. Puedes ignorarlo y disfrutar igual. O puedes prestarle atención y descubrir detalles nuevos.
Y eso, sin exagerar, ya es bastante. "Conocer es amar", dijo un sabio...
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