Por: Isabel Villagar, pedagoga del canto
La historia musical de Islandia es relativamente reciente si se compara con otras tradiciones europeas, aunque no está exenta de un devenir propio.
Durante siglos el país tuvo una población pequeña y dispersa, con una vida cultural muy ligada a la literatura oral y a la transmisión familiar de canciones. Esto explica que, hasta bien entrado el siglo XIX, la mayor parte de la música documentada sea vocal y esté vinculada a textos poéticos o narrativos.
Una de las formas más antiguas es la rímur, un tipo de canto narrativo que se desarrolló aproximadamente desde el siglo XIV. Las rímur consisten en largos ciclos de versos cantados que cuentan episodios heroicos o historias derivadas de las sagas islandesas. El cantante suele interpretar melodías relativamente simples y repetitivas, mientras el peso expresivo recae en el ritmo del texto y en la declamación. Durante siglos fue una práctica doméstica o comunitaria más que escénica. En zonas rurales, estas interpretaciones podían extenderse durante horas en reuniones familiares o durante el invierno.
Asociado a este repertorio aparece también el tvísöngur, una forma coral a dos voces con intervalos paralelos bastante característicos. Este tipo de canto se enseñaba tradicionalmente en escuelas religiosas desde el siglo XVI. Las líneas vocales se mueven con cierta rigidez contrapuntística, y a menudo resultan desacostumbradas o poco habituadas al oído moderno. Sin embargo, su estructura refleja bien la forma en que la educación musical se integraba en la enseñanza eclesiástica de la época.
Durante mucho tiempo la música instrumental fue escasa. No existía una tradición estable de instrumentos populares comparable a la de otras regiones europeas. Las fuentes mencionan ocasionalmente el langspil, una cítara alargada tocada con arco o pulsada, y el fiðla, un instrumento de cuerda. Ambos se utilizaban sobre todo para acompañar cantos narrativos o danzas sencillas.
A lo largo del siglo XIX comenzaron a aparecer cambios. El aumento del contacto cultural con Dinamarca y otras regiones europeas introdujo repertorio coral, himnos y canciones de salón. En ese contexto surgieron compositores que escribían melodías para textos islandeses, intentando adaptar el lenguaje romántico europeo a la prosodia del idioma. Uno de los más conocidos fue Sigvaldi Kaldalóns (1881–1946), médico y compositor que escribió alrededor de 350 canciones. Muchas de ellas se basaban en poemas islandeses y con el tiempo algunas llegaron a confundirse con canciones tradicionales.
El repertorio de canciones líricas fue, durante décadas, el centro de la vida musical del país. En teatros, reuniones culturales y radio pública, estas obras se interpretaban con acompañamiento de piano o pequeños conjuntos. No se trataba de música experimental; por lo general seguía modelos románticos tardíos, con melodías claras y estructuras sencillas. Lo importante era el vínculo entre poesía y canto.
El desarrollo de una infraestructura musical más amplia fue lento. La profesionalización llegó progresivamente durante el siglo XX. Un dato ilustrativo: la orquesta sinfónica nacional se fundó en 1950, bastante más tarde que en otros países europeos. Antes de eso, las agrupaciones orquestales eran esporádicas y dependían de músicos formados en el extranjero. Visitar el auditorio HARPA es toda una experiencia y su orquesta residente es una referencia nacional (he dejado unas fotos de mi visita a este emblema cultural abajo).
Uno de los compositores que intentó construir un lenguaje sinfónico propio fue Jón Leifs (1899–1968). Estudió en Leipzig y trabajó muchos años en Europa central, pero mantuvo una fuerte conexión con materiales islandeses. Algunas de sus obras orquestales incorporan ritmos y estructuras inspiradas en las rímur o en la prosodia del idioma. También utilizó grandes masas sonoras y percusión para evocar fenómenos naturales del paisaje islandés. Su música no tuvo una recepción homogénea en su momento, pero representa uno de los primeros intentos sistemáticos de integrar tradición local en formas sinfónicas.
Mientras tanto, la música popular urbana empezó a tomar forma en la primera mitad del siglo XX. La radio nacional, fundada en 1930, difundía canciones ligeras, música coral y adaptaciones de estilos europeos como el foxtrot o el vals. Durante los años cincuenta y sesenta se popularizaron también las bandas de baile que interpretaban jazz ligero y repertorio internacional adaptado al islandés.
El jazz tuvo una presencia discreta pero constante. En los años setenta surgieron grupos que mezclaban jazz con funk y pop instrumental. Uno de los más conocidos fue Mezzoforte, formado en 1977. Su sencillo “Garden Party” (1983) llegó a las listas británicas y mostró que un grupo islandés podía circular en circuitos internacionales de música popular.
A finales de los años setenta y principios de los ochenta apareció otra escena distinta: el punk y el post-punk. Bandas como KUKL o Purrkur Pillnikk formaron parte de una red pequeña pero activa de músicos vinculados a espacios alternativos de Reikiavik. Este movimiento funcionaba con pocos recursos, a menudo con sellos independientes y producción artesanal. En ese entorno surgió el colectivo cultural Smekkleysa (“Bad Taste”), que actuaba como sello discográfico y plataforma artística.
De ese mismo entorno nació en 1986 la banda The Sugarcubes. El grupo reunía a varios músicos procedentes de formaciones anteriores y tenía como vocalista a Björk. Su sencillo “Birthday”, publicado en 1987, llamó la atención de la prensa musical británica y fue incluido posteriormente en el álbum Life’s Too Good (1988).
El grupo se mantuvo activo hasta 1992 y publicó tres álbumes. Su sonido mezclaba post-punk, pop alternativo y elementos experimentales. La recepción internacional de ese primer disco fue inusual para un grupo procedente de un país con una industria musical muy pequeña. Desde entonces se volvió habitual que músicos islandeses grabaran directamente para sellos extranjeros o buscaran difusión fuera del país.
Después de la disolución de The Sugarcubes, Björk inició una carrera en solitario a partir de 1993 con el álbum Debut. Aunque su trabajo posterior pertenece ya a otra etapa de la historia musical del país, su trayectoria se apoya en la escena alternativa de Reikiavik de los años ochenta, donde coincidían músicos de punk, electrónica y arte experimental.
En los años noventa apareció otra formación que llamó la atención fuera de Islandia: Sigur Rós. El grupo se formó en 1994 en Reikiavik y publicó su primer álbum, Von, en 1997. Su estilo se caracteriza por texturas lentas, guitarras tocadas con arco y una voz en falsete del cantante Jón Þór Birgisson. En algunos casos utilizan un lenguaje vocal inventado conocido como “Hopelandic” o volenska. El disco Ágætis byrjun (1999) amplió su audiencia internacional y consolidó un sonido cercano al post-rock y a la música ambiental.
Durante gran parte del siglo XX el número de salas, sellos y estudios era limitado, y muchos músicos combinaban varias actividades: docencia, composición para teatro, grabaciones comerciales o proyectos experimentales. La frontera entre música académica y popular a menudo era difusa.
También conviene recordar que el repertorio coral continúa teniendo un papel notable. Islandia posee una tradición fuerte de coros amateurs y escolares. Muchas composiciones del siglo XX se escribieron para este tipo de agrupaciones, a menudo con textos poéticos o religiosos en islandés.
Si se observa el conjunto, aparecen varias capas superpuestas: los cantos narrativos medievales, la canción lírica romántica del siglo XIX, el desarrollo tardío de la música sinfónica, y finalmente las escenas de jazz, punk y rock alternativo del siglo XX. Ninguna de estas capas reemplaza completamente a las otras. Más bien coexisten, a veces en espacios distintos.
En ese sentido, la música islandesa no se organiza tanto alrededor de una única tradición dominante como de varios circuitos paralelos. Algunos se transmiten oralmente desde hace siglos; otros nacieron en estudios de grabación o pequeños locales urbanos.
La historia completa se entiende mejor si se observan esos cambios graduales, sin esperar una narrativa lineal.
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